Satanás, Mario Mendoza
Mi novia siempre quiere ver películas de terror. No me gustan las pelis de terror. Siempre que me lo dice pienso en las historias de Alfred Hitchcock, un recuerdo borroso de mi infancia, de la cama gemela en el cuarto de mi mamá y de sus imágenes en blanco y negro. Y además de este recuerdo que en realidad no es malo, siento flojera profunda de ponerme a ver una película de terror, habiendo tantas series de médicos o de investigadores CSI o NCIS.
Acabo de
terminar de leer “Satanás” del escritor colombiano Mario Mendoza. Al final y
tengo que decir, que leí la mitad del libro durante el día de hoy, me quedé
pensando en que no es que no me guste el terror, pero quizás las imágenes
vistas a través de una caja plana en colores no me generan los sentimientos que
ahora mismo percibo terminando de leer y haciendo que mi imaginación vuele a los lugares descritos en cada página del libro.
Para quien
lea esto y no conozca a Maria Mendoza, ni mucho menos sepa de qué se trata
Satanás, quiero contarle que el libro se baza en la historia de un hombre “Campo
Elías Delgado Morales”, colombiano, excombatiente de Vietnam nacido en Bogotá (la
misma ciudad en que yo nací), en 1934 (el mismo año en el que mi padre nació),
y cuya hazaña, por decirlo menos, fue matar a sangre fría a un montón de gente
en el Restaurante Pozzetto, ubicado en Chapinero, una importante localidad de
mi ciudad natal.
He leído algunos
libros de Mario Mendoza, siempre pienso en Lady Masacre, y estoy segura que uno
o dos más pero no me acuerdo ahora, y la sensación que tengo, las imágenes que
vienen a mi mente son en una ciudad gris (Bogotá es gris pero no tan gris como
imagino los escenarios mendocinos), con gente gris y negro… historias oscuras
en donde salen a relucir los bajos instintos y pensamientos y deseos oscuros de
la gente, gente como cualquiera de nosotros.
Satanás me
impactó más, quizás porque veo también aspectos religiosos en ella, pero
sobretodo porque lo que veo en todo el libro es la sociedad putrefacta que
nosotros mismos nos encargamos a diario de mantener. Leyendo el capítulo del
diario del asesino pensaba en cuantas personas como resultado de mucho
sufrimiento han llegado a ser Campo Elías, que quizás no han terminado matando
gente pero que continuamente se sientes abrumados y rechazados por la gente
alrededor.
Los
personajes principales: el padre Ernesto, el pintor Andrés y la joven deseosa
de salir adelante María reflejan desde diferentes perspectivas pecados
capitales pero también ansias de libertad, también yo he querido otros
privilegios como María, libertad como Ernesto y desaparecer como Andrés.
Ernesto percibe la presencia maligna en la gente a su alrededor, en lo que buscan
los feligreses cuando acuden a él… y su “conciencia” resulta ser una
adolescente poseída que parece insignificante para la iglesia y por lo tanto no
merecedora de la cura a su posesión demoniaca.
La lectura
me lleva también por lugares que he recorrido muchas veces, en particular
durante los 37 años de mi vida que pasé en Bogotá… aún recuerdo la noticia de la
masacre de Pozzeto y siento que el estómago se me encoge. En este instante más
cuando me hago consciente de que Campo Elías no solo mató a todas estas
personas sino a otras tantas entre ellas su madre, las preguntas que surgen en
mí a este relato son ¿cómo puede uno odiar tanto a todos? ¿qué lo lleva a uno a
un estado como el de Campo Elías? ¿qué efectos tiene la guerra en los seres humanos?.
Colombia es
un país en guerra desde que tengo conciencia, viviendo en México he leído a
varios escritores colombianos que no conocía y en sus relatos se refleja
nuestro sello de violencia, esto me hace reflexionar a diario en la forma como enfrentamos
la vida, en las violencias que vivimos y reflejamos en aquello que no debemos
dejar que prospere en nosotros. Hemos crecido pensando que la violencia es algo
que solo vemos en la televisión, en las noticias, pero en realidad creo que
estamos más envueltos en la violencia de lo que quisiéramos.
Bueno… termino
acá mis grises reflexiones de hoy no sin antes decir que a pesar de lo oscuro
que se ve el panorama, me gusta leer a Mario Mendoza, su valor para mí reside
en justamente generar en mí estos sentimientos tan vívidos como si yo misma estuviera
presente en esos escenarios que él relata a lo largo de su libro, como si
Andrés, Ernesto, María, Pablo, Irene, Angélica y el mismo Campo Elías hubieran
pasado por mi lado y en vez de ignorarlos hubiera tenido la oportunidad de
verlos y concluyo que el terror existe pero que prefiero leerlo a verlo y que
por supuesto el terror es peor en la vida real que en la ficción.
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